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27 marzo, 2009

ESPLENDOR EN LA HIERBA

De pequeña lo viste claro.
Niña, te dijo quién te quería, ni lo intentes,
el primer año es lo único
luego, las cosas cambian, se transforman.
Odio la palabra transformar.
La mujer sincera y no censada te susurra: no cambian, se estropean.
Esplendor en la hierba film.
Te crecen las tetas en un rubor caliente y rosa.
Los días son luminosos, sólo cuando los recuerdas.
La regla te resbalaba por dentro en el patio de un colegio
mientras la observas con el sentido perdido en la copa de los arboles.
Ni lo intentes. Y lo intentas.
Las horas. Poemas. Inofensivo almendro. Estricta frescura.
Las cosas cambian efectivamente, las cosas se estropean efectivamente.
Y otra vez. Y otra. Y otra.
Hasta el máximo esfuerzo.
Hasta berrear: tú estrella no brilles cuando quieras,
¡no huelas almendro!
Y con el silencio de la respuesta todo se desgranara entre las manos, se esparcirá en cartulinas azules y surcos caducos.
En silencio bajas a la tierra húmeda, útero de espejos.
Y durante el tiempo que dura un parto pierdes la resistencia fabricada con alambres.
Y como la vida es así de sencilla, un día,
y sólo porque ella quiere,
lo ves.

20 noviembre, 2008

METAMORFOSIS




Robaré todos los zapatos del pasillo del hotel esta noche
Iré colocándolos en el hall, uno encima de otro como en las puertas de las sinagogas del Cairo
pero limpios, brillantes, rojos.
Haré una base de zapatillas blandas, iré subiendo con mocasines, playeras, sandalias.
Coronaré con tacones en punta de charol que reflejen las luces del hall del hotel.
Robaré todos los zapatos del pasillo,
los que estén escondidos en los armario también los robaré.
Los haré salir de allí para otra cosa que no tenían pensada.
Dejaré que escalen, sin pies, que se toquen.
Porque te quiero y nunca has visto como alguien amontonaba zapatos,
Porque nunca has pensado que yo haría esto por ti.
Un árbol de navidad
Aunque para ti no signifique nada la navidad ni el amor.
Si, ya sé que no lo imaginas
como tu hija de seis años no imagina lo que es quedarse viuda en un pueblo del interior de Guadalajara en 1936.
Sí, ya se que no sientes nada.
Pero no tengo pasta.
No tengo otra cosa que acceso a los pasillos de este hotel donde yo limpio zapatos y tú friegas suelos.
Y son a ellos a los que les daré hoy otro uso, mucho mas divino;
el de introducir en tu memoria un sentimiento distinto.
el de provocar un escalofrío neuronal que te haga mirar y soltar la fregona cuando entres en el hall a limpiar.

MUERTE AGUA


Seria bueno vivir cerca de un puerto marítimo
porque allí la madera se perdió hace tiempo.
El mar la invadió y ahora es una esponja
Disolvió las celdas y los anillos
en humo, neblina de puerto y vapor.
La madera está sumergida y rodeada por agua segura de tanta agua.
La madera, seca hace tiempo, con la savia apretada
sin memoria, no recuerda cuando era un árbol.
A veces el mar le sugiere la lluvia, la gaviota el tordo.
Pero no es ella. Ni siquiera queda el suelo.
Convertida en barco no distingue sus raíces.

Es bueno vivir cerca de un puerto marítimo
aunque no es tan bueno que sea en un hospital.
Aquí, en mi habitación, no hay madera.
Las barras metálicas tienen las huellas de dedos que vinieron a verme y reflejan la cara de mi madre que se perdió hace tiempo en los agujeros negros que se abren en los pasillos de los hospitales que interrumpen y posponen todo.
Muerte agua.
Suero salino, bata verde, anillo en la muñeca, oxigeno.
Ninguna de las dos se acuerda.